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09/04/2026 Jueves de la Octava de Pascua (Lc 24, 35-48)

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Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían reconocido al partir el pan.

Ellos: los discípulos de Emaús del Evangelio de ayer. Estaban hablando de esto, cuando se presentó en medio de ellos. Es la primera aparición al grupo. Se asustan. No es para menos. Una cosa es saber de oídas y otra saber por experiencia. ¡Y qué experiencia tan descomunal! Espantados y temblando de miedo, pensaban que era un fantasma.

¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona.

Jesús se identifica presentando las señales de la cruz. Resucitado y Crucificado; es la misma persona. Aunque ahora Jesús aparece revestido de inmortalidad. Para Cleofás y su compañero, la superación de la prueba de la fe tuvo lugar en el camino de Emaús. Para la Magdalena, junto al sepulcro, mientras lloraba. Ahora es el turno del grupo de los discípulos. Era tal el gozo y el asombro que no acababan de creer.

Les dijo: La paz con vosotros.

Es el saludo del Resucitado a todos sus discípulos. También para los del siglo 21. La paz del Resucitado debe ser fundamento de nuestro vivir y de nuestro obrar. Si antes de la experiencia del Resucitado el timón de la vida del discípulo estaba manejado por las propias ambiciones y proyectos, ahora ese timón es manejado por el Espíritu. Si antes la sombra del miedo lo enturbiaba todo, ahora la gloriosa libertad de los hijos de Dios lo ilumina todo.

 

Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras.

 

Es ahí, en las Escrituras, tal como hizo en el camino de Emaús, donde el Espíritu del Resucitado se va manifestando al discípulo.

 
 
 

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