07/06/2026 Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Jn 6, 51-58)
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Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne.
La lectura orante del Evangelio de esta fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo declara la comunión del creyente con Jesús y la comunión de los creyentes entre sí. La lectura orante de este Evangelio nos hace ver que el signo eucarístico más auténtico no es el del pan y el vino, sino el del partir y compartir. Lo que hace Jesús deshaciéndose por los demás, lo debemos hacer cuando comulgamos; o la comunión será una práctica devocional sin sentido. Celebrar la Eucaristía y comulgar consiste, fundamentalmente, en comprometernos por los demás.
En la Eucaristía, Dios lleva la Encarnación hasta el extremo más increíble: Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Comer y beber a Jesús significa identificarnos con su persona alimentándonos de Él. Nos alimentamos de Él sentándonos a su mesa, familiarizándonos primero con el Evangelio para luego compartir su Cuerpo y su Sangre; como hizo con los discípulos de Emaús.
La Eucaristía es encarnación de la Encarnación. Comer la carne y beber la sangre de Jesús significa identificarnos con su persona. Una vez identificados con su persona, tendremos los mismos sentimientos que Él y nos despojaremos de nosotros mismos y llegaremos a amar como Él nos ama. Todo esto, imposible para nosotros, es posible para Él, para su Espíritu. Ser eucarísticos significa tener un estilo de vida marcado por la entrega y el servicio.
El Papa Francisco decía: El Señor no exige sacrificios, sino que se sacrifica Él mismo. Es el Señor, que no pide nada, sino que entrega todo. Para celebrar y vivir la Eucaristía, también nosotros estamos llamados a vivir este amor. Porque no puedes partir el Pan del domingo si tu corazón está cerrado a los hermanos. Nuestras Eucaristías transforman el mundo en la medida en que nosotros nos dejamos transformar y nos convertimos en pan partido para los demás.
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