09/06/2020 Martes 10 (Mt 5, 13-16)
- 8 jun 2020
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Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo.
La sal sirve para salar y la luz para iluminar. No puede ser de otra manera. De igual manera todo cristiano, todo discípulo de Jesús. No es posible serlo y no dar testimonio de lo que somos. ¿En qué consiste el dar testimonio? En vivir orientados hacia los prójimos. No somos sal ni luz, no somos testigos, cuando vivimos una vida correcta y piadosa, pero enrollados en nosotros mismos, pendientes de nuestra propia santificación y salvación.
La sal es discreta; no es visible a los ojos, pero sin ella el mejor plato resulta insípido. La luz es luminosa; sin ella no se puede apreciar la belleza del color y la textura de los pétalos de una rosa.
La invitación del Evangelio a ser sal y luz en nuestros ambientes requiere hacerlo desde una profunda actitud de respeto y humildad, y con la sensibilidad abierta para captar las posibilidades que hay en ellos. Si no lo hacemos así, podemos caer en la tentación de creernos salvadores y situarnos en la realidad de forma catastrófica y no esperanzadamente (Papa Francisco).
En estos tiempos de postcristiandad no comunicamos la fe recurriendo a la razón o a la tradición, sino al testimonio. Un testimonio que es vivencia personal, discreta y luminosa, del Evangelio. El Evangelista Juan lo dice así: Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros… Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo (1 Jn 1, 1-4).
Es cierto que nosotros no hemos visto ni oído a Jesús físicamente como Juan, pero eso importa muy poco. Nos lo confirma Jesús: Dichosos los que no han visto y han creído (Jn 20, 29).
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