09/11/2026 Dedicación de la Basílica de Letrán (Jn 2, 13-22)
Quitad esto de aquí y no convirtáis la casa de mi Padre en un mercado.
También el profeta Malaquías, cinco siglos antes, se había enfrentado a los clérigos que habían degradado el culto. Y había anunciado un futuro mesiánico en el que se ofrecería a Dios un sacrificio sin mancha más allá de Jerusalén y del templo: En todo lugar me ofrecen sacrificios y ofrendas puras, porque mi fama es grande en todas las naciones (Mal 1, 11).
La escena nos muestra a Jesús dotado de poderes divinos para purificar la casa de Dios. El hombre Jesús, muerto y resucitado, es el nuevo templo, el lugar de la manifestación de Dios: Derribad este templo y en tres días los reconstruiré.
No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado. Jesús acaba de convertir el agua en vino en Caná, inaugurando la nueva alianza, las nuevas bodas. Ahora, inmediatamente después, desaloja el templo. Él es el nuevo Templo y en Él se inaugura la nueva relación entre Dios y el hombre. Los dos episodios, el de Caná y el del templo, tienen el mismo propósito de señalar categóricamente el paso de lo viejo a lo nuevo, de lo provisional a lo definitivo: El vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos (Lc 5, 38).
Quienes seguimos a Jesús somos piedras vivas de su templo: También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de un templo espiritual y formáis un sacerdocio santo, que ofrece sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo (1 P 2, 5).
Los discípulos contemplarían la escena estupefactos. Después de la resurrección, recordaron que había dicho eso y creyeron a la Escritura y a las palabras de Jesús (Jn 2, 22).
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