10/06/2020 Miércoles 10 (Mt 5, 17-19)
- 9 jun 2020
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No penséis que he venido para abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.
Jesús no quiere escandalizar a su audiencia de judíos. Mateo, que escribe su Evangelio para cristianos judíos, cuida no herir sensibilidades. Llegará el momento del, a vino nuevo, odres nuevos. La oposición más intransigente al Evangelio vino de los judíos. Pablo, antiguo fariseo, luchó lo indecible contra el espíritu legalista: Si por la ley se obtuviera la justicia, habría muerto en vano Cristo (Gal 2, 21).
Quien no descubre el tesoro del Evangelio, sucede también entre jerarcas, se aferra a la ley y se cierra a los signos de los tiempos. El infectado con el virus del legalismo busca seguridad humana y religiosa; busca tener claro lo que debe hacer en cada momento sin afrontar la responsabilidad de discernir; vive condicionado por el pasado; critica y condena a quien no piensa y vive como él. Sobre todo, olvida lo esencial: el amor. El Evangelio es la Buena Noticia del Amor. Un Amor que se encarna y se hace projimidad. El Dios mayor (trascendental) se hace menor (inmanente) para señalar la centralidad del Amor por encima de cualquier marco perceptual. Solo el amor salva (Papa Francisco).
No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.
Jesús nos quiere muy por encima de la letra de la ley. San Pablo se indignó cuando sus queridos gálatas se dejaron seducir por el embrujo de la ley: ¡Gálatas insensatos! ¿Quién os ha fascinado a vosotros, a cuyos ojos ha sido presentado Jesucristo crucificado? Una cosa quiero que me expliquéis: ¿Habéis recibido el Espíritu por cumplir la ley o por haber escuchado con fe? ¿Tan insensatos sois? Empezasteis con Espíritu, ¿y acabáis en el instinto? (Gal 3, 1-3).
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