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10/09/2020 Jueves 23 (Lc 6, 27-38)

Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo.

Dios, el Padre bueno de todos, ha de ser siempre el punto de referencia en las relaciones con los demás: El Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado (Ex 34, 6-7).

Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo.

Los seguidores de Jesús debemos esforzarnos por mirar a los demás como Él miraba; con un amor que va más allá del amor interesado. El amor que brota de la sangre, bueno porque así querido por el creador, no nos diferencia de quienes no siguen a Jesús. Si amo a quien me ama, ¿qué mérito tengo? También los pecadores lo hacen. En la órbita de lo cristiano se pide amar a quien no me ama. No me es suficiente no hacer mal a nadie viviendo cobijado en mí cómodo egoísmo. Se me pide hacer el bien a quien no se lo merece, sin esperar ningún reconocimiento.

Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo.

Incluso hasta amar a los enemigos, haciendo el bien a quien me odia. Lo cual no quiere decir que consideremos pecaminosos los sentimientos de rabia y de agresividad que brotan en nosotros. Es normal sentir dolor al ser heridos. Pero la fe y la oración deben impedir que esos sentimientos arraiguen en lo interior. Igual que somos amados y perdonados de manera incondicional, así mismo debemos amar y perdonar.

San Juan Pablo II nos invita a custodiar la autenticidad del perdón; a custodiar su fuente, que es la misericordia del mismo Dios, revelada en Jesucristo.

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