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10/11/2025 San León Magno (Lc 17, 1-6)

  • 9 nov 2025
  • 2 Min. de lectura

Es inevitable que haya escándalos; pero, ¡ay del que los provoca!

Es inevitable escandalizar, molestar, disgustar a nuestros prójimos. Inevitables las tensiones, los roces, los malentendidos en la convivencia. Inevitable incluso llegar, como Pablo, a escandalizarnos de nosotros mismos porque, vendidos al poder del pecado, no comprendemos nuestro proceder, porque no hacemos lo que querríamos y hacemos lo que aborrecemos (Rm 7, 14-15). Y entonces, ¿qué? La solución, siguiendo el ejemplo de Pablo, está en salir de nosotros mismos elevando los ojos al cielo: ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor! (Rm 7, 25). Así lo hacía la buena discípula de Pablo, santa Isabel de la Trinidad: Una paz profunda inunda mi alma al saber que Él suple mis debilidades, que si caigo en cualquier momento, Él está allí para levantarme e introducirme en su interior. Tenemos que aprender a convivir con la cizaña; la de mi  campo y la de otros campos. Aprender a asumir tropiezos propios y ajenos.

Auméntanos la fe. Si tuvierais fe como una semilla de mostaza, diríais a esta morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería.

Esta vez los discípulos han comprendido. Comprenden que solamente la fe es capaz de superar los conflictos más enrevesados. Alguien tan difícil para la convivencia como Pablo, lo comprendió bien: En todo salimos más que vencedores gracias a aquel que no amó (Rm 8, 37). Solamente la fe, la fe-confianza, nos conduce a la mejor convivencia. Como dice el Papa Francisco, es la fe-confianza la que nos libera del temor; la que nos ayuda a quitar la mirada de nosotros mismos; la que nos permite poner en manos de Dios lo que solo Él puede hacer.

 

 
 
 

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