11/02/2026 Miércoles 5º (Mc 7, 14-23)
- Angel Santesteban

- hace 31 minutos
- 2 Min. de lectura
Los fariseos han presentado su queja: ¿Por qué no siguen tus discípulos la tradición de los mayores, sino que comen con manos impuras? (v. 5). Él ha reaccionado aplicándoles la queja de Dios a su pueblo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí (Is 29, 13).
Ahora Jesús llama a la gente y les dice: Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Los discípulos, adoctrinados desde niños en una religiosidad farisea, no entienden. Y cuando se quedan solos le piden explicaciones. Jesús les dice: ¿Conque también vosotros seguís sin entender? Es que no hay mayor impedimento para entender a Jesús que la de un espíritu fariseo que cree saberlo todo en materia de religión.
Jesús rechaza la distinción farisea entre puro e impuro. Rechaza que, para purificarnos, tengamos que salir de lo profano y entrar en lo sagrado. Puro e impuro, sagrado y profano, gracia y pecado; todo llevamos dentro bien revuelto. Dios se sirve de la realidad del pecado para atraernos a Él.
Un místico medieval escribe: Dios soporta todo lo que puedas cometer, con tal de hallar la ocasión de convencerte de su amor; lo cual suele ocurrir después del pecado (Eckhart).
Todos estamos expuestos al contagio del fariseísmo. Jesús nos invita a no centrar la atención en leyes y costumbres, sino en motivaciones e intenciones del corazón. Porque en el corazón está el secreto de la pureza o impureza de nuestros actos. Jesús, maestro de interioridad, nos invita a interiorizar la vida. Porque, ¿qué es lo que de verdad somos? Lo que somos de verdad es lo que somos ante Dios. Y nada más. ¡Y nada menos!
Comentarios