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11/04/2026 Sábado de la Octava de Pascua (Mc 16, 9-15)

  • 10 abr
  • 2 min de lectura

El primer día de la semana por la mañana resucitó Jesús y se apareció a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios.

La muerte de Jesús en la cruz ha significado para los discípulos el fin de sus sueños. Se encendieron lágrimas y se apagaron esperanzas. Algunos de ellos, como los de Emáus, con semblante afligido (Lc 24, 17), vuelven a sus casas.

Ella, María Magdalena, fue a contárselo a los suyos, que estaban llorando y haciendo duelo. Ellos, al escuchar que estaba vivo y se le había aparecido, no le creyeron.

Sorprende mucho que el anuncio de algo tan decisivo como la resurrección de Jesús llegue a los discípulos a través de una mujer de dudoso pasado. Ellos no le creen. Tampoco creen a los dos de Emaús que dicen haber visto al Señor. Es comprensible que no crean; eso de creer en el Crucificado-Resucitado va contra todo criterio de sensatez humana. Sucede lo mismo hoy en día. Lo normal es no creer. Lo raro es creer. Gracias a Dios, los raros de este mundo somos nosotros.

El Evangelista Marcos insiste mucho en la poca fe de los discípulos. Tanto que, cuando se aparece Jesús a todos ellos, lo primero que hace es echarles en cara su incredulidad y su dureza de corazón por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.

A pesar de su incredulidad, les dice: id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda la creación. ¡Qué poca cosa son aquellos discípulos! ¡Qué poca cosa somos todos! Pero eso no importa. Jesús se fía; Jesús se fía de su Espíritu que nos hace hábiles para una misión para la que no estamos preparados: la misión de ser testigos del Resucitado.

 

 
 
 

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