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08/06/2026 Lunes 10 (Mt 5, 1-12)

  • hace 2 horas
  • 2 min de lectura

Dichosos los pobres de corazón, porque el reinado de Dios les pertenece.

Así comienza Jesús su predicación en el Evangelio de Mateo. Nos ofrece un programa de vida. Las Bienaventuranzas son una invitación a vivir todo tipo de pobreza o aflicción como bienaventuranza. ¿Por qué? Porque precisamente ese, por paradójico que parezca, es el camino que conduce a la beatitud, a la felicidad.

Pero, ¿quién es pobre de corazón? Pobre de corazón, decía el Papa Francisco, es quien sabe que no se basta a sí mismo, que no es autosuficiente, y vive como mendicante de Dios; se siente necesitado de Dios y reconoce que el bien viene de Él como don, como gracia.

Las Bienaventuranzas, leídas fuera de contexto, no son atractivas. Para que lo sean, hay que leerlas en su contexto: con Jesús como telón de fondo. Los Evangelios nos muestran un Jesús libre y feliz que transmite paz y bienestar. Su autoestima y su sentido de identidad y su libertad brotan de la vivencia fuerte y constante del amor gratuito del Padre. De ahí el poder seductor de Jesús. Seduce con su presencia y con sus palabras. Porque Jesús es un poeta; aprecia la belleza y sabe transformar lo más ordinario en algo sublime. Las parábolas lo prueban.

 

Dichosos cuando os injurien y persigan; alegraos y regocijaos.

Los seguidores de Jesús cedemos a veces a la tentación de aliarnos con los poderes del mundo. Es una alianza llamada al fracaso. Lo normal es que el mundo nos persiga, porque un discípulo no está por encima del maestro (Mt 10, 24). Alegrémonos y regocijémonos cuando nos sintamos pobres o ninguneados; es entonces cuando más fácil lo tenemos para hacer de Dios la Roca de nuestra vida.

 
 
 

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