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12/09/2020 Sábado 23 (Lc 6, 43-49)

  • 11 sept 2020
  • 2 Min. de lectura

De lo que rebosa el corazón habla la boca.

Si el corazón rebosa humildad y modestia, boca y rostro serán amables y bondadosos; y tendremos que ocupar nuestra oración fortaleciendo el empeño por fomentar la humildad. Pero si el corazón rebosa orgullo y vanagloria, boca y rostro serán ariscos y dominantes; y tendremos que esforzarnos pidiendo al Señor que nos dé un corazón manso y humilde como el suyo. El verdadero seguidor de Jesús es como un ambientador que crea en torno a sí un aroma de bienestar y de confianza. Claro que si mi idea de Dios es la de un Dios justiciero que impone su voluntad como ley inexorable, entonces me será imposible comprender y vivir la ternura que derrama Jesús a su paso.

De lo que rebosa el corazón habla la boca.

El corazón de quien ha sido seducido por Jesús pone de manifiesto esa seducción con el lenguaje de su vida, más que con el lenguaje de las palabras. Un lenguaje que proclama con discreción y determinación que el otro es más importante que yo. Nada hagáis por ambición ni vanagloria, sino con humildad, considerando a los demás como superiores a uno mismo, sin buscar el propio interés sino el de los demás (Flp 2, 3).

De lo que rebosa el corazón habla la boca.

El corazón rebosante de María se explaya en las palabras de alabanza y gratitud del Magnificat. Ella se sabe rica de dones; Me llamarán dichosa todas las generaciones. Pero no tiene un concepto alto de sí misma. No tiene pretensiones. Sobre todo vive atenta, como en Caná, a lo que los demás pueden necesitar. María conquista corazones por su humildad, por su sencillez, por su solicitud, por la delicadeza hacia quienes tiene cerca.

 
 
 

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