19/08/2026 Miércoles 20 (Mt 20, 1-16)
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El Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña.
Antes de esta parábola, hemos visto a un hombre que preguntaba: ¿Qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna? (19, 16). También Pedro preguntaba: Nosotros que lo hemos dejado todo, ¿qué recibiremos? (19, 27). La parábola de los obreros de la viña responde perfectamente a estas preguntas; es una magnífica catequesis sobre la gratuidad. El Reino de Dios, la salvación, no se plantea en términos de compra-venta o de meritocracia; Dios lo da todo gratuitamente, también a quien no se lo merece.
La generosidad del propietario con quienes apenas han sudado, indigna a los que han trabajado todo el día: Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros que hemos aguantado el peso del día y el calor. La respuesta del propietario no admite discusión: ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero?
Comentario de san Pablo: Y tú, hombre, ¿quién eres para replicar a Dios? ¿Puede la obra reclamar al artesano por qué la hace así? ¿No tiene el alfarero libertad para hacer de la misma masa un objeto precioso y otro sin valor? (Rm 9, 20-21).
¿Cuándo acabaremos de convencernos de que Jesús es nuestro Salvador? El día que nos convenzamos de esto quedaremos libres del peso de lo nuestro; libres de nuestros patéticos intentos por conseguir la salvación a base de esfuerzo. Ya hemos sido salvados; Él ha consumado la redención. Solamente nos queda acogerla y aprender a disfrutar esta victoria viviendo en la alabanza y el agradecimiento. ¡Bendita irracionalidad la de este Señor nuestro!
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