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12/10/2024 Nuestra Señora del Pilar (Lc 11, 27-28)

  • 11 oct 2024
  • 2 Min. de lectura

Estaba Él diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo: ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!

La mujer está fascinada. Le encantan las palabras; le encanta, sobre todo, la persona de Jesús. Quizá no era capaz de repetir lo escuchado, pero sí era capaz de transmitir su entusiasmo por Jesús. 

Aquella mujer representa bien la devoción popular hacia María de Nazaret; una devoción con luces y sombras. Luces, como la intensidad del fervor; sombras, como el pretender signos tangibles que no parten de la escucha de la fe, sino que creen solo después de haber visto.

Jesús no desdice el piropo hacia su madre pero lo corrige: Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan. Ahí, en la escucha de la palabra de Dios, está el secreto de la más auténtica devoción a María. Sin duda que ella es grande por ser la madre de Jesús, pero es más grande por su adhesión a la Palabra. Sabe escucharla y sabe conformar su vida con esa Palabra, aunque no la entienda. Que así fue con tanta frecuencia; desde la Anunciación hasta la Cruz.

Todos necesitamos empapar de Evangelio la devoción a María, como lo hizo Santa Teresa tan devota de ella desde niña: Acuérdome que cuando murió mi madre quedé yo de edad de doce años, poco menos. Como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida fuime a una imagen de nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre, con muchas lágrimas. Paréceme que, aunque se hizo con simpleza, que me ha valido; porque conocidamente he hallado a esta Virgen soberana en cuanto me he encomendado a ella.

Teresa, tan aficionada al Evangelio, no compartía la afición de muchos por apariciones y mensajes extraevangélicos de María; las llama devociones a bobas.

Dichosa fue la madre de Jesús y dichosos somos todos si escuchamos la palabra de Dios y la guardamos.

 
 
 

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