13/04/2026 Lunes 2º de Pascua (Jn 3, 1-8)
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Nicodemo fue a visitarlo de noche y le dice: Rabí, sabemos que vienes de parte de Dios como maestro, pues nadie puede hacer las señales que tú haces si Dios no está con él.
Nicodemo admira a Jesús. Pero no está preparado para una relación personal y abierta con Él. Se acerca a Jesús de noche, porque mejor que sus colegas no se enteren. Habla en primera persona de plural, porque mejor guardar distancias. La admiración de Nicodemo es mucha, pero no tanta como para aceptar que si alguien acude a mí y no me ama más que a su padre o a su madre no puede ser mi discípulo (Lc 14, 26). Llegará el momento en que Nicodemo cortará cordones umbilicales; será ante el Crucificado (Jn 19, 39).
Por ahora, para Nicodemo, como para el joven rico, las metas alcanzadas pesan más que la admiración por Jesús. Lo contrario de lo sucedido a Pablo: Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo (Flp 3, 8).
No te extrañes si te he dicho que hay que nacer de nuevo.
Jesús invita a Nicodemo a romper esquemas, a cortar los cordones umbilicales que le han mantenido en vida pero que, llegado el momento, debe desechar. Quien cree en el Resucitado, entiende la vida como un continuo renacer. Y cuando la fe, la esperanza o el amor pierden vigor, acude al Crucificado-Resucitado. Él, con su Espíritu, nos hace nacer de nuevo. Ese Espíritu que, como el viento, sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va.
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