10/06/2026 Miércoles 10 (Mt 5, 17-19)
- 9 jun
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No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas. No vine para abolir, sino para cumplir.
Jesús, que no pretende destruir la ley, tampoco la considera intocable; quiere llevarla a su plenitud. No vale la interpretación farisea, literalista, de mínimos, de la ley. Jesús la interioriza, de modo que afecte también a los deseos y las motivaciones. El secreto del cumplimiento cabal de la ley es el amor. Así nos lo dice en la última cena: Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os amé (Jn 15, 12). San Pablo escribe a la comunidad de Galacia: La ley entera se cumple con un precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Ga 5, 14).
El oficialismo judío era rigorista. Seguía meticulosamente la ley, incluso cuando la ley perdía el sentido para el que había sido dictada. Jesús no es rigorista, pero sí radical: Quien quiera seguirme que se niegue a sí mismo (Mt 16, 24). Vive la ley desde la razón profunda que la engendró. El rigorismo es capaz de cometer graves errores en nombre de la ley.
La mentalidad legalista, típica de los fariseos contemporáneos de Jesús, aunque siempre presente a los largo de la historia, entiende que el hombre consigue la salvación guardando la ley. Jesús propone algo distinto, más profundo. Entendemos su propuesta fijándonos en las palabras finales de esta instrucción: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48).
La vida espiritual del ser humano parece programada para, en algún momento, dar el salto del legalismo a la gloriosa libertad de los hijos de Dios. El salto es obra del Espíritu: El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad completa (Jn 16, 13).
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