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13/10/2023 Viernes 27 (Lc 11, 15-26)

  • 12 oct 2023
  • 2 Min. de lectura

Mientras un hombre fuerte y armado guarda su casa, todo lo que posee está seguro. Pero si llega uno más fuerte y lo vence, le quita las armas en que confiaba y reparte sus bienes.

Desde la gran muralla china hasta los muros construidos para evitar invasiones. Somos expertos en técnicas de defensa. No digamos cuando se trata de defensas personales; somos capaces de atrincherarnos detrás de razones y prácticas religiosas. Pero las murallas que construimos sirven de poco. Siempre, antes o después, llega uno más fuerte y nos vence. Así lo había dicho el Señor: Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y fue contado entre los pecadores. Él cargó con el pecado de todos e intercedió por los pecadores (Is 53, 12).

Si tenemos nuestros propios mecanismos defensivos, el Señor tiene los suyos para atacar. Al final, igual que derribó las defensas de la mujer samaritana, conseguirá derribar las nuestras. ¡Qué grande el día en que aceptemos vernos desarmados, sin muros, sin armas, con las manos vacías! Así había sido profetizado antes de la llegada del Más-Fuerte: Jerusalén será habitada como ciudad abierta, debido a la multitud de hombres y ganados que albergará en su interior. Yo la rodearé como muralla de fuego y mi gloria estará en medio de ella (Za 2, 8-9).

Si echo demonios con el dedo de Dios es que el Reino ha llegado a vosotros.

Como Jacob en su lucha con el Señor (Gen 32), tenemos todas las de perder; aunque nos hagamos rodear de enjambres de demonios súbditos del egoísmo. Jesús entregará el Reino a Dios Padre después de haber destruido todo principado, dominación y potestad (1 Cor 15, 24).

 
 
 

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