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14/07/2026 Martes 15 (Mt 11, 20-24

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Entonces se puso a recriminar a las ciudades donde había realizado la mayoría de sus milagros.

Son tres las ciudades recriminadas. Las tres a orillas del lago de Galilea: Corozaín, Betsaida y Cafarnaún. Sus palabras no son maldiciones; no son fruto de un desafecto amargo, sino de una pena ante tanto desvelo baldío. Son palabras que evocan el lamento ante Jerusalén: ¡Cuántas veces intenté reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis querido! (Mt 23, 37). Su pena es como la nuestra cuando vemos a un ser querido hundido en una trágica adicción.

¿Tendrán algo que decirnos a nosotros estas lamentaciones de Jesús? Naturalmente que sí. Porque somos como las ciudades del lago cuando vivimos fuera de la órbita de la gran verdad de la existencia: el amor infinito de Dios. La vida, como la de las tres ciudades del lago, está salpicada de milagros.  Es más, la vida es un continuo milagro. Basta abrir bien los ojos. Ante todo y sobre todo, porque tanto amó Dios al mundo que me dio a su Hijo; y el amor de este Hijo llegó hasta el extremo. Esta es la realidad, la verdad suprema en la que debemos movernos. De no hacerlo, la vida no será sino mediocridad y rutina.

 

Somos como las ciudades del lago cuando escuchamos complacidos sus palabras pero seguimos viviendo en la mediocridad de la rutina. Somos como las ciudades del lago cuando nos conformamos con una vida espiritual que, siendo buena, puede y debe ser mejor. Somos como las ciudades del lago cuando vivimos centrados en nosotros mismos sin saber de alabanzas y agradecimientos ante tanto milagro.

 

 
 
 

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