14/09/2026 Exaltación de la Santa Cruz (Jn 3, 13-17)
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único.
No son dos maderos cruzados lo que exaltamos en esta fiesta. Exaltamos a quien, por amor, murió cosido a esos dos maderos. Dios ama tanto al mundo que nos entrega a su Hijo. Se entrega a sí mismo. Porque, Yo y el Padre somos uno (Jn 10, 30). Este Hijo de Dios hecho hombre ama al mundo, ama a todos y cada uno de sus hermanos, hasta el extremo (Jn 13, 1). Es el extremo de la cruz: Cuando yo sea elevado de la tierra atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 32). ¡A todos! Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es el SEÑOR para gloria de Dios Padre (Flp 2, 9-11). Porque todo fue creado por Él y para Él (Col 1, 16). ¡Todo!
Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de Él.
La cruz y la muerte de Jesús no pretenden satisfacer una deuda. No pretenden aplacar la cólera de Dios. No se trata de un acto de justicia a lo humano. Se trata de un acto de justicia a lo divino, porque todo es amor. La razón de la cruz no es el pecado del hombre, sino el amor de Dios, pues Dios ha encerrado a todos en la desobediencia para apiadarse de todos (Rm 11, 32).
Es comprensible que cueste tanto entender y aceptar un Dios así. Dichoso quien lo entiende y lo acepta.
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