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14/11/2020 Sábado 32 (Lc 18, 1-8)

  • 13 nov 2020
  • 2 min de lectura

Les propuso una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer.

Es la introducción del Evangelista a la parábola de la viuda importuna. La conclusión de Jesús no habla de oración, sino de fe: Cuando el Hijo del Hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra? ¿En qué quedamos? Quedamos en que la oración es a la fe lo que una hija a su madre.

La parábola se parece a la del amigo importuno que se acerca a pedir pan a medianoche (Lc 11, 5-8). No le gusta molestar, pero tiene una necesidad y sabe que conseguirá lo que quiere; por amistad o por acoso. Recibe el pan, da mil gracias, pide mil perdones… y continúan amigos. También la viuda está convencida de obtener lo que se propone. ¡No faltaba más! Acude a diario, sin angustias ni urgencias, a dar la lata al juez. No tiene otra cosa que hacer.

Jesús nos pide con esta parábola vivir confiados. Siendo esta la actitud constante de vida, la oración ya ha conseguido lo que se propone: Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis (Mc 11, 24). La oración no es un último recurso desesperado para obtener algo. La oración no es un recurso para momentos de crisis. La oración es la mejor expresión de fe y de confianza absoluta en quien sabemos nos amó y nos sigue amando hasta el extremo.

El Dios de Jesús no es el Dios tapagujeros que soluciona de manera mágica nuestros problemas. La oración es siempre eficaz porque nos pone en contacto con la fuente de todo amor y libertad que es Dios mismo y para quien nada humano es ajeno (Papa Francisco).

 
 
 

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