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14/11/2025 Viernes 32 (Lc 17, 26-37)

  • 13 nov 2025
  • 2 Min. de lectura

Como sucedió en los días de Noé…; llegó el diluvio y acabó con todos.

Hoy se habla mucho de cuidar con esmero esta casa común que es el planeta tierra. Pero suele ser un discurso superficial. Hacemos muy poco por conservarlo limpio y sano; seguimos viviendo tan despreocupados como en tiempo de Noé: Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca.

Son muchos los que viven sin proyección de futuro. Muchos los que se quedan en la superficie sin captar la dimensión profunda de toda realidad. Muchos que solo saben de sensaciones o vibraciones. Hay poca consistencia en sus vidas. Viven lejos de la fe; lejos de aquel, qué importa lo que sintamos, de Teresa de los Andes.

Este letargo existencial no es exclusivo de personas no creyentes; se apodera también de personas de iglesia. Con el paso de los años, es fácil instalarse en la comodidad de la rutina. Cualquier clase de diluvio puede cogernos por sorpresa y hacer de nosotros carroña para distintos tipos  de buitres.

Quien se empeñe en conservar la vida la perderá, pero quien la pierda la conservará.

Como dice el Papa Francisco, gastar los talentos propios, las energías y el propio tiempo solo para cuidarse, custodiarse y realizarse a sí mismos conduce en realidad a perderse, o sea, a una experiencia triste y estéril.

Conforme nos acercamos al final del año litúrgico, van apareciendo más textos de sabor apocalíptico. Nos invitan a la reflexión: ¿Cómo es mi vida? ¿Me mantengo despierto y vigilante? ¿Vivo atento y cercano a los que sufren? La falta de una fina sensibilidad hacia Dios o hacia los hermanos nos muestra que somos sarmientos desgajados de la vid.

 
 
 

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