15/03/2026 Domingo 4º de Cuaresma (Jn 9, 1-41)
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Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido para que se revele en él la acción de Dios.
Los discípulos comparten la muy extendida mentalidad de que una desgracia, en este caso la ceguera de aquel hombre, es castigo de un pecado. Por eso preguntan a Jesús: ¿Quién pecó, él o sus padres?
¡Cuánto sufrimos por cosas del pasado! Traumas, complejos de culpabilidad… Todo lo que ayuda a liberarnos de ello es bueno. Buenos son psicólogos y psiquíatras; buena, mejor, es la amistad del alma, especialmente cuando acompañada de la fe. A Jesús no le gusta escarbar en el pasado. No es amigo de porqués, sino de paraqués: Esto ha sucedido para que se revele la acción de Dios. El hombre moderno pone excesiva confianza en las autopsias del espíritu: en los ¿porqués? Jesús prefiere los ¿paraqués?: para que se manifiesten en él las obras de Dios.
Jesús ha venido para convertir las situaciones oscuras y penosas en oportunidades para la manifestación de la gloria de Dios. A nosotros cristianos, la fe en Jesús debería liberarnos del peso del pasado. El presente debería estar gloriosamente condicionado, sobre todo, por el futuro que nos espera. Lo mejor de nuestra vida es el futuro: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni mente humana concibió lo que Dios tiene preparado para quienes le aman (1 Cor 2, 9).
Aquel ciego, siguiendo la orden de Jesús, fue, se lavó y volvió con vista. Este relato de la curación del ciego de nacimiento apunta más allá de lo inmediatamente aparente. El relato nos habla del camino de la fe; camino que es un largo proceso desde una vida a oscuras hasta el encuentro con la Luz: Yo soy la luz del mundo. Aquel hombre, ciego de nacimiento, no tiene idea de lo maravilloso de la luz y de la visión. Su vida está sumida en la oscuridad. Vive en un mundo de sombras; como el de quienes no tienen fe. La fe que nosotros, cristianos, tenemos en Jesús, la Luz, nos permite verlo y vivirlo todo de una manea desconocida para quienes no la tienen.
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