15/04/2026 Miércoles 2º de Pascua (Jn 3, 16-21)
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Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único.
Si el amor del Padre al mundo llega hasta el extremo de entregar a su Hijo único, el amor del Hijo al mundo, prolongación del amor del Padre, llega hasta el extremo de entregarse a sí mismo en la cruz. Ante un amor tan exorbitante solo cabe, como dice Teresa de Lisieux, callar y llorar de agradecimiento y amor. Ante un amor tan exorbitante no es descabellado pensar que nosotros, por muy pecadores que seamos, no somos capaces de arruinar la salvación ya realizada; la del mundo y la de cada uno de nosotros: Pues Dios ha encerrado a todos en la desobediencia para apiadarse de todos (Rm 11, 32). El rechazo del amor es una triste realidad en todo ser humano. ¡Es tanta nuestra oscuridad y nuestra ignorancia! Pero cuando se hace la luz nadie puede negarse a la vida.
Para que quien crea en Él no perezca, sino tenga vida eterna.
Lo que los otros Evangelios llaman REINO DE DIOS o REINO DE LOS CIELOS, el Evangelio de Juan llama VIDA o VIDA ETERNA. Lo de ETERNA hace de esta VIDA una realidad que supera límites de tiempo y espacio, tal como dijo Jesús a Marta: Quien vive y cree en mí no morirá para siempre (Jn 11, 26).
El amor de Dios está en el origen de todo y es la meta final de todo: Cuando todo le quede sometido, también el Hijo se someterá al que lo sometió todo, y así Dios será todo para todos (1 Cor 15, 28). El que bajó es el que subió por encima de los cielos para llenar el universo (Ef 4, 10).
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