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15/07/2024 San Buenaventura (Mt 10, 34 - 11, 1)

  • 14 jul 2024
  • 2 Min. de lectura

No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada.

Es el final del discurso sobre la misión; un discurso de apariencia más belicista que pacifista. Jesús no viene cargado de somníferos, sino de propuestas arriesgadas. Y, sin embargo, Él es nuestra paz (Ef, 2, 14). Él mismo nos lo asegura: La paz os dejo, mi paz os doy (Jn 14, 27). ¿Cómo entender ahora que no viene a traer paz, sino espada? 

La paz que trae Jesús no es la paz del mundo; no es la paz por ausencia de conflictos. Al contrario, el conflicto, la espada, es elemento esencial de la paz, como es elemento esencial del camino recorrido por Él y por todos los que le seguimos.

El hombre tendrá por enemigos a los de su propia casa. Quien ame a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí.

El seguimiento de Jesús, si verdadero, nos sitúa por encima de vínculos familiares o patrióticos. Solamente entonces somos católicos. En la Iglesia de Jesús se da mucha catolicidad falsa. Existen quienes, considerándose católicos, son poco cristianos; personas capaces de adoptar con intransigente fervor ideologías que ponen la familia biológica o política por encima de la solidaridad universal. En lugar de abrazarlo todo, excluyen a quienes no son de su pueblo, de su religión, de su ideología. En la  Iglesia de Jesús cabemos todos, malos y buenos; como en la parábola (Mt 22, 10).

A todos los seguidores de Jesús nos corresponde un largo y belicoso proceso de purificación de nuestros mejores amores, eliminando a base de espada, lo que esos amores tienen de exclusivos o posesivos: No vine a traer paz, sino espada.

 
 
 

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