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15/07/2025 San Buenaventura (Mt 11, 20-24)

  • 14 jul 2025
  • 2 Min. de lectura

¡Ay de ti, Corozaín, hay de ti, Betsaida!

No es una amenaza producto de un arrebato de furor; es una expresión de dolor, de pena, ante la indiferencia de las poblaciones en que más ha prodigado palabras y milagros. Evocamos su lamento por los nueve leprosos desagradecidos: ¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? (Lc 17, 17). No es que aquellas poblaciones se mostrasen hostiles a Jesús; sencillamente le ignoraron: Vino a los suyos y los suyos no le recibieron (Jn 1, 11). A Jesús le duele que todas aquellas personas rechacen la superior calidad de vida que Él ofrece.

¡Ay de ti, Corozaín, hay de ti, Betsaida!

Si escuchamos este lamento de Jesús como dirigido a nosotros, entenderemos que nos viene bien porque, con frecuencia, vivimos ajenos a la más esplendorosa realidad de la existencia. Cuando esa realidad nos empapa, vemos la vida salpicada de milagros; vemos que la vida entera es un milagro. Ante todo y sobre todo, porque tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo; y porque el amor de este Hijo llegó hasta el extremo. Esta es la realidad más esplendorosa en lo más hondo de todo lo que existe. Por desgracia, como no es frecuente contemplarlo y vivirlo todo a la luz de esta realidad, la vida transcurre en la mediocridad y en la apatía.

 

¡Ay de ti, Corozaín, hay de ti, Betsaida!

Detrás de este reproche hay un llanto, porque Jesús lamenta ser rechazado, no ser recibido. El Señor ama a esta gente, pero se siente triste. Jesús quería llegar a todos los corazones con un mensaje de amor. Y Jesús lloró porque estas personas no habían sido capaces de amar (Papa Francisco).

 
 
 

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