16/02/2026 Lunes 6º (Mc 8, 11-13)
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Salieron los fariseos y se pusieron a discutir con Él, pidiéndole, para tentarlo, una señal del cielo.
Para tentarlo. El Evangelista Lucas concluye las tentaciones del desierto diciendo: Concluida la prueba, el diablo se alejó de Él hasta otra ocasión (4, 13). Ésta de hoy es una de las otras ocasiones en que Jesús es tentado. Es una tentación, en el fondo, idéntica a las del desierto. Es la tentación de poder, de éxito, de exaltación del ego. Es la tentación universal. La última ocasión en que Jesús es tentado tiene lugar en la cruz: Que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos (Mc 15, 32).
Una señal del cielo. Nos encantaría que el Señor desplegase en el cielo señales contundentes que obligasen a todos a creer e hincar la rodilla. Pero el Señor no está por la labor. Lo sabe bien Pablo: Los judíos piden señales, los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros anunciamos un Mesías crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos; pero para los llamados, judíos y griegos, un Mesías que es fuerza y sabiduría de Dios (1 Cor 1, 22-24). Ningún prodigio tan portentoso como el del Crucificado. Es el prodigio supremo, el más efectivo porque, cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 32). A Jesús no le va la espectacularidad; le van la sencillez y la paciencia de la semilla que germina y crece despacio y en silencio, hasta dar fruto a su tiempo.
La persona que no tiene paciencia es una persona que no crece, que permanece en los caprichos de los niños, que no sabe tomar la vida como se presenta, y solo sabe decir: o esto o nada (Papa Francisco).
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