16/03/2026 Lunes 4º de Cuaresma (Jn 4, 43-54)
- hace 2 horas
- 2 Min. de lectura
Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún.
En el capítulo tercero del Evangelio de Juan, era el encuentro con Nicodemo, representante de lo que hoy llamaríamos catolicismo. En este capítulo cuarto, hemos asistido al encuentro de Jesús con la samaritana, representante de lo que hoy llamaríamos protestantismo. Ahora, es un funcionario real, representante de lo que hoy llamaríamos irreligiosidad.
El milagro tiene lugar en Caná, donde sus discípulos fueron testigos del milagro del agua convertida en vino. Ahora Jesús quiere que quienes creemos en Él demos un paso más: que creamos solamente por su palabra, sin presencia física y sin resultados visibles: Como no veáis signos y prodigios, no creéis.
Vete, que tu hijo vive.
No es necesaria la cercanía. Para su poder, como para el poder de la oración o el del sacramento del perdón, los kilómetros no son inconveniente. Lo sabe bien quien tiene una fe sólida, como aquel centurión romano: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano (Mt 8, 8).
Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino.
Cree y se pone en camino. Se fía de la palabra de Jesús. Vienen a la mente aquellas palabras: Dichosos los que crean sin haber visto (Jn 20, 29).
Jesús nos invita a no depender de resultados; a apoyarnos únicamente en su palabra. Como la madre de Jesús, que nunca vio nada pero siempre creyó.
Aquel funcionario real tuvo razón. La fe es dejar espacio a este amor de Dios; es dejar espacio al poder de Dios que me ama, que está enamorado de mí. Esto es la fe. Esto es creer (Papa Francisco).
Comentarios