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16/09/2020 Santos Cornelio y Cipriano (Lc 7, 31-35)

¿Con qué compararé a los hombres de esta generación? Son como niños sentados en la plaza, que se dicen entre ellos: Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos cantado endechas y no habéis hecho duelo.

Los hombres de aquella generación se desentendieron del austero y rígido Juan Bautista, aduciendo que estaba trastornado. Luego vino el liberal y pródigo Jesús, y decidieron que era un comilón y un borracho. No se levantaron de sus asientos. Están muy cómodos en los sillones de la tradición y de la rutina. Y, además, están convencidos de que su estilo de vida es el correcto y de que quien atente contra ese estilo de vida se enfrenta al mismo Dios. No es que no quisieran convertirse; es que no veían en absoluto la necesidad de cambiar.

Pero, ¿no es válida también para nosotros la comparación de Jesús? ¿No pecamos de inmovilismo y de vivir cómodamente instalados con la excusa de la edad o de las normas que rigen nuestras vidas? Jesús denuncia nuestras resistencias a la novedad radical de Dios. A menudo nos parapetamos en nuestros juicios ante la realidad para no comprometernos con ella. Detrás de nuestros mecanismos de defensa habitan siempre nuestros temores y nuestras inseguridades (Papa Francisco).

La Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos.

Los hijos de la Sabiduría son los hijos de Dios que aceptan las obras de Dios, por disparatadas que parezcan. Sobre todo, la de la cruz. Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes. ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? Porque la locura divina es más sabia que los hombres, y la debilidad divina más fuerte que los hombres (1 Cor 1, 18-25).

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