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19/12/2025 Viernes 3º de Adviento (Lc 1, 5-25)

  • 18 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

Se le apareció el ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso.

El de Zacarías e Isabel es un matrimonio modélico. Claro que pesa sobre ellos la sombra de no haber tenido hijos. Ahora, ya ancianos, viven resignados. Ahora Zacarías es el típico anciano instalado en una piadosa y monótona mediocridad, convencido de haber cumplido fielmente su tarea. Pero ha perdido la ilusión y la vitalidad que acompañan al verdadero creyente. Se apagaron sus ilusiones y se apagó su esperanza.

Pero a Dios no se le apaga nada. Y cuando todo parece abocado a un final irrelevante, Dios reaviva la promesa de los cielos nuevos y la tierra nueva. Lo hace en el epicentro de la religión judía.

Zacarías se muestra escéptico ante el mensaje del ángel del Señor: ¿Qué garantía me das de eso? Pues yo soy anciano y mi mujer de edad avanzada. Dios nunca tiene prisa y, antes o después, a todos llama. Isabel será la primera en reconocer y agradecer la portentosa intervención de Dios: Así me ha tratado el Señor cuando dispuso remover mi humillación pública.

El Señor, a través, primero de Isabel y luego de Zacarías, nos invita a no perder nunca la esperanza y vivir agradecidos con todo lo recibido y con todo lo por recibir. Isabel y Zacarías nos estimulan a vivir la última etapa de la vida de forma positiva. Siendo la etapa de menor agilidad física, y quizá mental, es también la etapa de las mejores oportunidades. Porque una ancianidad bien evangelizada se convierte en el momento más adecuado para madurar espiritualmente; para vivir serenamente, con esa serenidad que brota de la confianza absoluta en el Señor de nuestras vidas.

 
 
 

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