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17/02/2024 Sábado después de Ceniza (Lc 5, 27-32)

  • 16 feb 2024
  • 2 Min. de lectura

Al salir vio a un publicano llamado Leví, sentado junto a la mesa de recaudación de los impuestos.

Lo de Pablo, en el camino de Damasco, fue más espectacular: Me envolvió de repente una gran luz venida del cielo (Hechos 22, 6). Lo de Leví, sentado en su despacho, fue menos espectacular pero no menos fulminante: Sígueme. Y Leví, dejándolo todo, se levantó y le siguió.

Contemplando el firmamento en una noche estrellada admiramos el señorío de Dios sobre el universo. Contemplando a Pablo y a Leví vemos su señorío sobre los hombres. Lo que quiere, lo hace; sin violentar nuestra libertad. Pablo y Leví están encantados de lo que Dios hace con ellos: Leví le ofreció en su casa un gran banquete.

Los fariseos y letrados murmuraban y preguntaban a los discípulos: ¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?

La separación y la exclusión eran elementos connaturales a la religiosidad judía. En lo religioso, sacerdotes y fariseos usaban distintos medios para distinguirse y distanciarse de los demás. En lo social, el colectivo de las prostitutas era el más despreciado de la sociedad; el de los publicanos, el más odiado.

También a nosotros trazamos sin reparos líneas divisorias: aquí los buenos y allí los malos, aquí los de derechas y allí los de izquierdas… Jesús escandaliza a los buenos eliminando toda línea divisoria.

No vine a llamar a justos, sino a pecadores para que se arrepientan.

Todos somos pecadores. Es nuestro título y es también nuestra posibilidad de atraer a Jesús a nosotros. Jesús viene a mí porque soy pecador. Por eso vino Jesús, por los pecadores, no por los justos (Papa Francisco).

 
 
 

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