17/07/2020 Viernes 15 (Mt 12, 1-8)
En cierta ocasión, Jesús atravesaba unos campos de trigo en día sábado.
Comenzaba el verano. Los campos de trigo estaban casi listos para la siega. Era día festivo; era sábado. Jesús y los discípulos pasean por el campo, disfrutan de la compañía y de la belleza de la naturaleza. Hasta que los celosos guardianes de la ley estropean su plácido bienestar.
Si hubieseis comprendido lo que significa Misericordia quiero, que no sacrificio (Os 6, 6), no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado.
Si hubieseis comprendido. No pueden comprenderlo. Comprenden las normas y las obligaciones, pero no la misericordia. Jesús comparará la atmósfera religiosa farisea con la de un funeral. La suya propia, la compara con una fiesta de bodas.
Hasta el día de hoy, las personas más farisaicamente religiosas resultan impermeables al Evangelio. Les parece una religiosidad poco seria; excesivamente liberal. Los más afectados por el virus del fariseismo no logran entender que la única forma auténtica de creer en Dios y de hacer su voluntad es el servicio y la entrega a los demás; les convence más la mística de la obediencia ciega y de la sumisión, que la mística de la responsabilidad y del compromiso.
La misericordia es el principio de actuación que configura la existencia de Jesús. Por eso antepone el bien de las personas y sus necesidades más básicas a la observancia de las normas y preceptos religiosos. Los fariseos no entienden este mensaje, pues han hecho de la ley un ídolo que les impide reconocer al Dios vivo y compasivo que quiere misericordia y no sacrificios (Papa Francisco).
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