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17/07/2024 Miércoles 15 (Mt 11, 25-27)

  • 16 jul 2024
  • 2 Min. de lectura

¡Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla!

No es que el ser inteligente esté necesariamente reñido con el ser sencillo; es que a quien posee riquezas, cualquier tipo de riquezas, ser sencillo le resulta más complicado que a quien no las tiene. Lo que nos aleja de la sencillez y, por tanto, del disfrute de las riquezas del reino de Dios, no es la inteligencia sino el orgullo, la autosuficiencia, el creernos algo. Os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos (Mt 19, 23).

Dios se manifiesta a los pequeños, a los pobres de corazón. Él mismo vivió la mayor parte de su vida terrena de manera pobre, anónima. Es un error buscar lo extraordinario, lo milagroso, lo espectacular. Al cristiano contaminado de maravillosismo le cuesta mucho asumir la pobreza propia o ajena.

Jesús, que alaba al Padre por revelar sus secretos no a los sabios y entendidos sino a los sencillos, nos está invitando a alegrarnos y a disfrutar con nuestra pequeñez. María de Nazaret lo aprendió bien cuando cantó: Mi alma glorifica al Señor que ha mirado la pequeñez de su sierva. También san Pablo cuando dijo: Me gloriaré en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo.

Cuanto más pequeños y pobres nos sentimos, más fácil nos resulta descubrir la grandeza y la generosidad de Dios; más fácil descubrir la enorme diferencia entre Dios y nosotros junto con su asombrosa cercanía. Entonces crecemos en gratitud y en alabanza. Ante este conocimiento que Dios concede a la gente sencilla solo cabe, como dice santa Teresita, callar y llorar de agradecimiento y amor.

 
 
 

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