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17/11/2025 Santa Isabel de Hungría (Lc 18, 35-43)

  • Foto del escritor: Angel Santesteban
    Angel Santesteban
  • 16 nov 2025
  • 2 Min. de lectura

Cuando se acercaba a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna.

Hay distintos tipos de ceguera. Una, muy evidente, la del ciego sentado al borde del camino. Son muchos los que oyer, oyen; pero ver, no ven. Son muy muchos. Los tenemos a nuestro lado. Pero hay otro tipo de ceguera, menos evidente; es la de quienes, caminando junto a Jesús, nos hemos convertido, sin darnos cuenta, en un obstáculo para quienes piden socorro a gritos. A nosotros, Jesús nos abre los ojos cuando nos pide que le llevemos al ciego. Entonces, cuando dejamos lo nuestro y salimos a las periferias, comenzamos a ver como Jesús quiere que veamos.

Hay, además, otro tipo de ceguera entre quienes seguimos a Jesús. Consiste en perder la visión a causa de la rutina. Porque la rutina nos sitúa tan en los límites del círculo de Jesús, que ya no alcanzamos a escuchar su palabra, y ni vemos ni oímos a quienes gritan desde el borde del camino.

¿Qué quieres que te haga? Señor, que vea.

Jesús fuerza al ciego a verbalizar su necesidad. Conoce la importancia de encararnos con nuestras lacras cara a cara; sin vergüenzas ni pudores. Y así, no solo sana nuestras lesiones, sino que llena la vida entera de luz y de sentido: Al instante recobró la vista y le seguía glorificando a Dios.

La historia del ciego de Jericó es la historia del proceso de fe; del salto del no ver, al ver correctamente toda realidad. Es un proceso con dos elementos. El primero, el grito de la oración: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí! El segundo, la mediación o intercesión: Mandó que se lo trajeran. Al final, todos, al verlo, alabaron a Dios.

 
 
 

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