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18/03/2024 Lunes 5º de Cuaresma (Jn 8, 1-11)

  • 17 mar 2024
  • 2 Min. de lectura

Como insistían en sus preguntas, se incorporó y les dijo: Quien de vosotros esté sin pecado tire la primera piedra.

Escribas y fariseos le han traído una mujer sorprendida en adulterio. Según la ley de Moisés (Levítico 20,10), la mujer debe morir apedreada. Ellos, a sabiendas de que Jesús no es tan escrupuloso cumplidor de la ley, le preguntan: Tú, ¿qué dices?

Observamos a estos hombres tan piadosos, tan fieles observantes de la ley, tan convencidos de lo correcto de su actitud, tan armados de piedras… ¡pero tan lejos del sentir de Jesús! ¿No guardamos algún parecido con ellos? Especialmente por lo que a las piedras se refiere: ¡con nuestros juicios y nuestras críticas! Pero mejor observar a Jesús.

Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí de pie en el centro.

Jesús, el que no destruye la ley; el que la lleva a su plenitud. Es lo que hace con aquella mujer. Ella no necesita piedras; necesita una mano que la ayude a levantarse. Observamos a los dos solos. La mujer en el centro; no en el centro de un grupo de personas que ya se han ido, sino en el centro de la atención y de la compasión de Jesús. Comenta san Agustín: Quedaron solas una gran miseria y una gran misericordia.

¿Nadie te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más.

Solamente la misericordia transforma a una persona desde lo profundo de su ser. Como sucede al pródigo, que no se transforma al levantarse y dejar los cerdos, sino la verse sentado tan gratuitamente junto a su padre a la mesa del banquete. Los pecadores, para Jesús, somos hombres y mujeres que, atropellados por el pecado, necesitamos apoyo.

 
 
 

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