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18/03/2026 Miércoles 4º de Cuaresma (Jn 5, 17-30)

  • 17 mar
  • 2 Min. de lectura

Jesús les dijo: Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo. Por eso los judíos con más ganas intentaban darle muerte, pues no solo violaba el sábado, sino que además llamaba a Dios Padre suyo, igualándose a Dios.

Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo. Jesús es señor del sábado y, porque comulga perfectamente con el Padre, está permanentemente ocupado cuidando de nosotros. Amar es una tarea a tiempo completo.

Os aseguro que quien oye mi palabra y cree en aquel que me envió tiene vida eterna y no es sometido a juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida.

Es el punto culminante del Evangelio de hoy. Quien cree en Jesús tiene vida eterna. En presente de indicativo. También en futuro: Nadie las arrebatará de mi mano (Jn 10, 28). Jesús vuelve sobre ello en otras ocasiones. Muerte y juicio han sido abolidas para el creyente. El don de la fe, que se confunde con el don del Espíritu, es presencia íntima del Señor en nosotros, es vida en plenitud, es vida eterna. Estamos libres de juicio o condenación. Hemos salido de las tinieblas. Estamos establecidos en el reino de la luz. Establecidos en una vida eterna que abarca el antes y el después de la muerte.

Santa Teresa, deseando hacernos conscientes de lo preciosos que somos por dentro, dice: No nos imaginemos huecos en lo interior. Deberíamos sentirnos llenos. Deberíamos llegar a vivir la experiencia de Pablo: Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Esta vida en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2, 20).

 
 
 

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