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19/03/2026 San José (Mt 1, 16-21; 24)

  • hace 29 minutos
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Cuando José se despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y acogió a María como esposa.

Jesús de Nazaret es el punto de referencia de toda realidad; lo debe ser, de muy especial manera, cuando nos detenemos a contemplar a san José. El Evangelista Mateo es amigo de usar las figuras del sueño y del ángel del Señor para describir la interioridad de san José. Figuras que, cuando mal entendidas, pueden crear distancias inexistentes entre san José y nosotros. Son distancias que no deberían existir porque nos parecemos mucho.

Nuestra vida, como la suya, es normal y corriente. Exteriormente, nada de extraordinario: vivimos la misma monotonía de la cotidianidad, las mismas tensiones de la convivencia, las mismas oscuridades de la fe, los mismos sobresaltos de la vida. Quizá donde no nos parecemos tanto será en la intensidad de la interioridad. Esa interioridad que el Evangelista describe con las figuras de los sueños y de los ángeles del Señor. Interioridad que produce el fruto de la confianza. Este es el gran secreto de san José.

La oración, a la luz de la Palabra de Dios, hace que esa Palabra ilumine la vida de José hasta hacerle ver que la fragilidad es el espacio privilegiado de comunión con Dios. San José, como nosotros, entiende poco, muy poco, de lo que sucede en su vida. Pero lo acepta. Porque confía.

En la vida de José todo fue al revés de lo planificado: el matrimonio con María, los sobresaltos a raíz del nacimiento de Jesús, el tener que emigrar a un país extranjero, el no comprender tantas cosas de su mujer o de su hijo.

 

San José, nos dice el Papa Francisco, nos enseña que tener fe en Dios incluye creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestra debilidad. Nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca.

 
 
 

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