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19/04/2026 Domingo 3º de Pascua (Lc 24, 13-35)

  • 18 abr
  • 2 min de lectura

Aquel mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén.

El relato de los dos discípulos de Emaús es el relato de una decepción y de una rehabilitación. Es la descripción de lo que todo creyente experimenta cuando la luz de la fe se apaga. Para disfrutar su presencia es bueno probar su ausencia. El recorrido de Cleofás y su compañero, es un recorrido modélico para todo discípulo. Al Resucitado se le encuentra en el camino de la vida, gracias a intermediarios insospechados. Primero le encontramos en las Escrituras, luego en la fracción del pan y, finalmente, en la vida compartida con la comunidad.

¿De qué discutís por el camino?

La contemplación de los tres caminantes ha supuesto para muchos el descubrimiento del sacramento de la penitencia. Han tenido que abandonar esquemas clásicos para adoptar la actitud familiar y espontánea que se respira en el camino de Emaús. Aquellos dos discípulos confiesan una decepción: ¡Nosotros esperábamos que Él fuera el liberador de Israel! Confiesan también no haber dado crédito ni a las mujeres ni a los testigos del sepulcro vacío.

¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!

 

Concluida su confesión, Jesús toma la iniciativa. Comienza con estas palabras que les deja estupefactos. Y no concluirá su larga intervención hasta haber restaurado la fe de sus discípulos y haberlos devuelto a la comunidad de Jerusalén. Lo hace, primero, recurriendo a la Palabra de Dios: Les explicó lo que en toda la Escritura se refería a Él. Luego, a la Eucaristía: Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Lo reconocieron.

 

La rehabilitación de los dos discípulos culmina con el regreso a la comunidad. Aunque es de noche, no esperan a la mañana siguiente: Al punto se levantaron, volvieron a Jerusalén y encontraron a los Once con los demás compañeros.

 

 
 
 

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