19/06/2026 Viernes 11 (Mt 6, 19-23)
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No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban.
Jesús habría escuchado en el hogar de Nazaret las palabras del libro de Job: Arroja al polvo tu oro, y tu metal de Ofir a los guijarros del torrente, y el Todopoderoso será tu oro y tu plata a montones; Él será tu delicia y alzarás hacia él tu rostro (Job 22, 24-26).
Jesús nos invita a invertir valores, invistiendo en valores sin fecha de caducidad y sin riesgos de devaluación o robos. ¿Cómo hacemos eso? Haciendo de la Palabra de Dios la luz de nuestra vida. Esto nos lleva a adoptar el criterio más correcto para diferenciar, por ejemplo, lo superfluo de lo necesario, lo mundano de lo divino, lo que conduce a la oscuridad de lo que conduce a la luz.
Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.
Para que el tesoro de mi vida sea Jesús, es imprescindible poner los ojos constantemente en Él. Bien dice el refrán: Ojos que no ven, corazón que no siente. Jesús lo dice así: La lámpara del cuerpo es el ojo.
Pongo los ojos en cosas vanas y soy vano. Pongo los ojos en quien es Verdad y Vida, y soy verdadero y vivificante. Tendré el tesoro que nada ni nadie me podrá arrebatar.
El corazón libre es un corazón luminoso que ilumina a los demás; además, envejece bien, como el buen vino. El corazón que no es luminoso es como el vino malo; pasa el tiempo y se convierte en vinagre. Que el Señor nos dé la prudencia espiritual para comprender a qué tesoro está apegado mi corazón (Papa Francisco).
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