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19/09/2023 Martes 24 (Lc 7, 11-17)

  • 18 sept 2023
  • 2 Min. de lectura

Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre que era viuda… Al verla, el Señor sintió compasión y le dijo: No llores.

Recreamos primero la escena poniendo en el centro del cortejo fúnebre a aquella pobre viuda que camina detrás del féretro de su único hijo. Luego intentamos sentir el estremecimiento de Jesús ante aquella mujer tan desamparada. Se acerca a ella y le dice: No llores. ¡Qué lejos esta imagen de Jesús de la de un Dios hierático e impasible! Que la divinidad de Jesús nunca oscurezca o difumine su humanidad. El mejor conocimiento de Dios coincide con el mejor conocimiento del hombre Jesús: Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre (Jn 11, 9).

¡Muchacho, yo te lo ordeno, levántate! El muerto se incorporó y empezó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.

Imaginémonos por unos momentos representados en el muchacho muerto. No es cosa tan disparatada, ya que vivimos a menudo tan ensimismados en lo nuestro que parecemos muertos para los demás. Pero, junto con la madre que nos sigue, provocamos tal compasión que Él se acerca y nos dice: ¡Muchacho, yo te lo ordeno, levántate!

Aunque el encuentro de Jesús con la madre y el hijo está entorpecido por ruidos y bullicios, nada distrae su mirada. Los jaleos de la vida no deben apartar nuestra atención de los sufrimientos de quienes tenemos cerca.

Muchas veces vemos los telediarios y decimos: Mira, en ese país los niños no tienen qué comer; las mujeres son esclavizadas. ¡Qué calamidad! ¡Pobre gente! Después pasamos página y vemos la telenovela. Esto no es cristiano. ¿Soy capaz de tener compasión, de rezar? (Papa Francisco).

 
 
 

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