20/07/2026 Lunes 16 (Mt 12, 38-42)
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¡Generación malvada y adúltera! Un signo pide, y no se le dará otro signo que el signo del profeta Jonás.
Jesús rechaza satisfacer la exigencia de escribas y fariseos: Maestro, queremos verte hacer alguna señal. El milagrismo no encaja con el Reino de Dios. A Dios no llegamos viendo, sino creyendo. El encuentro con Dios solo es posible en la fe. Jesús se niega ahora, como se negó al enfrentarse al diablo en el desierto (Mt 4, 3-7), y se negará cuando, al pie de la cruz, le digan: Que baje ahora de la cruz y creeremos en Él (Mt 27 42). Se remite al signo del profeta Jonás: el de su muerte y resurrección. La cruz será el signo supremo para todo seguidor de Jesús; la más grandiosa manifestación de la gloria de Dios. Nosotros, escribe el discípulo amado, hemos contemplado su gloria (Jn 1, 14). Juan la contempló al pie de la cruz.
¡Generación malvada y adúltera! Un signo pide, y no se le dará otro signo que el signo del profeta Jonás.
Estamos ante la exigencia más radical de Jesús: la fe. Creer en Él; sin verle ni sentirle. Creer en Él cuando faltan los signos de presencia. Cuando todo se pone oscuro. Cuando las circunstancias invitan a seguir caminos como el del sentido común, o el de la razón.
Jesús se quejará de la ceguera de escribas y fariseos: ¿Tenéis ojos y no veis y oídos y no oís? (Mc 8, 18). La cruz será, de modo misteriosamente eficaz, el momento en que seguidores vacilantes de Jesús, como Nicodemo o José de Arimatea, den un paso adelante. O el momento del gran descubrimiento para unos paganos, como el centurión y sus hombres: Realmente éste era Hijo de Dios (Mt 27, 54).
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