20/09/2026 Domingo 24 (Mt 20, 1-16)
El Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña.
Es una parábola desconcertante para los poco familiarizados con el Evangelio. San Pablo dice: ¡Qué insondables sus decisiones, qué incomprensibles sus caminos! (Rm 11, 33). Para el propietario de la viña todos somos iguales: los que seguimos a Jesús desde la primera hora, y los de la última hora. Así es Él. Da su salvación a todos por igual. Los de la primera hora haremos bien en recordar que publicanos y prostitutas llegan antes que nosotros al reino de Dios (Mt 21, 31). Es que el pecado del hombre entra en el plan divino de salvación: Pues Dios ha encerrado a todos en la desobediencia para apiadarse de todos (Rm 11, 32). En la viña del Señor no hay lugar para méritos. En la viña del Señor no valen criterios humanos de justicia basados en méritos o antigüedades. Dios es bueno con todos por igual.
¿O no puedo yo disponer de mis bienes como me parezca? ¿Por qué tomas a mal que yo sea generoso?
Lo había dicho Dios por el profeta: ¡Qué desatino! Como si el barro se considerara alfarero… Como si la vasija dijera al alfarero: No entiende el oficio (Is 29, 16). Lo dice San Pablo: Y tú, hombre, ¿quién eres para pedir cuentas a Dios? (Rm 9, 20). El hombre meramente natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios; son locura para él (1 Cor 2, 14).
El papa Francisco decía: Hermanos y hermanas, a veces corremos el riesgo de tener una relación mercantil con Dios, centrándonos más en nuestras propias bondades que en su generosidad. Preguntémonos: ¿Sabemos salir, como el propietario de la viña, hacia los demás? ¿Somos generosos hacia todos? ¿Sabemos dar ese más de comprensión, de perdón, como Jesús hace conmigo?
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