17/09/2026 Jueves 24 (Lc 7, 36-50)
En esto, una mujer, pecadora pública, enterada de que estaba a la mesa en casa del fariseo, acudió con un frasco de perfume de mirra, se colocó detrás a sus pies y, llorando, se puso a bañarle los pies en lágrimas…
Esta mujer, pecadora pública, entra a toda prisa en casa del fariseo Simón. Entra sin pedir permiso a nadie, sin importarle lo que puedan pensar o decir. No dice nada, pero sus gestos dejan estupefactos a todos. Son los gestos de un corazón profundamente agradecido a Jesús al saberse acogida y perdonada. Esta mujer, con tantas lágrimas en los ojos y tanto gozo en el corazón, nos hace recordar las palabras de San Pablo: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5, 20). Y las de San Agustín: ¡Oh feliz culpa! Bendito pecado que nos ha traído semejante Salvador.
Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.
¿Es perdonada porque ha amado mucho, o ama mucho porque mucho se le ha perdonado? ¿Es primero el amor y luego el perdón, o al revés? Evidentemente, lo primero es Dios, Dios que es amor, amor que es misericordia y perdón, amor que es incondicional y gratuito.
Como el pródigo cuando rodeado de cerdos. También esta mujer ha tocado fondo. Todo ha perdido sentido para ella. Y cuando se toca fondo, la única dirección posible es hacia arriba. En su desesperada situación es llevada al conocimiento de la persona de Jesús, liberador de cautivos. Un conocimiento del amor de Cristo que excede todo conocimiento (Ef 3, 19).
Tu fe te ha salvado. Vete en paz.
Contemplamos a Jesús cómo contempla admirado la obra de su Espíritu en aquella mujer.
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