21/05/2026 Jueves 7º de Pascua (Jn 17, 20-26)
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No solo ruego por ellos, sino también por los que han de creer en mí por medio de sus palabras. Que todos sean uno.
Con el Evangelio de hoy concluye la oración de la Hora de Jesús con la que se despide de los discípulos. Es la oración de la Hora porque así comienza: Padre, ha llegado la Hora.
Antes había dicho: Yo y el Padre somos uno (Jn 10, 30). Ahora pide que todos seamos uno. Es algo que, institucionalmente, está lejos de ser real; los seguidores de Jesús estamos divididos. Pero debe ser algo muy real a nivel personal a base de oración y de perdón. Lo que hace unidad no es la institución, sino el Espíritu con su don del amor: En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros (Jn 13, 35).
Padre, quiero que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy; para que contemplen mi gloria, la que tú me diste, porque me amaste antes de la creación del mundo.
Antes había dicho: Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano (Jn 10, 28). En verdad, ha llegado la hora en que todo barranco se rellenará, montes y colinas se abajarán, lo torcido se enderezará y lo escabroso se igualará y verá todo mortal la salvación de Dios (Lc 3, 5-6).
Les di a conocer tu nombre y se lo daré a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo en ellos.
La fe, como el amor, no es un monolito inmutable, sino un conocimiento vivo, siempre en proceso de crecimiento y de purificación: Has de ver cosas mayores (Jn 1, 50).
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