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21/09/2025 Domingo 25 (Lc 16, 1-13)

  • 20 sept 2025
  • 2 Min. de lectura

Un hombre rico tenía un administrador. Le llegaron quejas de que estaba derrochando sus bienes.

Es la parábola del administrador corrupto. Aunque, de acuerdo con la idea de Jesús, debería llamarse parábola del administrador astuto. Por eso de ese mal endémico de la especie humana que se llama corrupción, esta parábola nos resulta familiar. Pero, por otra parte, nos resulta complicada ya que no vemos clara la idea de Jesús. ¿Qué nos quiere decir?

Su atención no está puesta en la moralidad o inmoralidad de la gestión  del administrador, sino en su capacidad para reaccionar ante una situación adversa. Jesús, como vemos también en la parábola de los talentos, no simpatiza con los pasivos, los resignados, los conformistas, los fatalistas. No simpatiza con los que no piensan y se conforman con lo que otros piensan por ellos. No simpatiza con quienes temen la libertad que se encuentra fuera de la jaula de tradiciones y costumbres. Simpatiza con quienes son inteligentes y astutos para conseguir lo que de verdad importa.

 

Esta parábola tiene su paralelismo en la parábola del hijo pródigo. En ambos casos, cuando los protagonistas se encuentran en situaciones complicadas, comienzan a recapacitar. Comienzan entonces a darse cuenta de la existencia de otras personas y de que las necesitan. Hasta entonces habían vivido solamente para sí mismos.

 

El amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido.

Como si dijera: En el Reino no hay lugar para los necios, para los que no recapacitan, para los apáticos.

 

Los hijos de este mundo son más sagaces que los hijos de la luz.

¿Por qué será que nosotros, los que nos decimos creyentes y traemos entre manos el gran negocio de la mejor vida, somos menos ingeniosos y sagaces que quienes se traen entre manos los asuntos triviales del mundo?

Jesús nos pide que seamos como Él: buenos, sí; necios, no.

 
 
 

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