21/09/2026 San Mateo (Mt 9, 9-13)
Cuando se iba de allí, al pasar, vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: Sígueme. Él se levantó y le siguió.
¡Qué sencillo lo hace todo el Señor! Lo que quiere, lo hace. Así sucedió cuando creando, así sucede cuando salvando, así sucede cuando llama al publicano Mateo. Los bienpensantes de Israel, cuando hablaban de gremios incompatibles con la religión, equiparaban al de los publicanos con el de las prostitutas. Jesús no es de los bienpensantes de Israel; no hace caso de etiquetas o prejuicios.
La palabra y los ojos de Jesús tienen tal poder que fuerzan a Mateo a obedecer con plena y gozosa libertad. No entiende nada. No hace preguntas ni pide explicaciones. El suyo es un misterioso acto de obediencia; la razón humana no lo puede captar. San Pablo, hablando de su propia llamada, escribe: Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo (Ga 1, 15).
Muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo, los fariseos decían a los discípulos: ¿Por qué vuestro maestro como con publicanos y pecadores?
Jesús hace de la mesa compartida con todos un símbolo de la novedad del reinado de Dios. Alguien ha dicho que la esencia del cristianismo es comer juntos. Ayer, en la parábola de los viñadores, veíamos cómo para Dios todos, los de la primera y los de la última hora, somos iguales. Hoy, en la mesa de Mateo, ahora la mesa de Jesús, vemos que todos somos bienvenidos; comenzando por los últimos, por los más indigentes.
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