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22/04/2024 Lunes 4º de Pascua (Jn 10, 1-10)

  • 21 abr 2024
  • 2 Min. de lectura

Las ovejas escuchan su voz, y a sus ovejas las llama a cada una por su nombre, y las saca fuera.

Para poder escuchar su voz es necesario, ante todo, apagar los ruidos que la pueden silenciar. ¡Todos los ruidos! Entendamos que muchos ruidos, entiéndase también apegos, entran por sentidos distintos al del oído. La mejor manera para escuchar su voz es, creado el silencio, hacer que el Evangelio penetre en el corazón por ojos, oídos y por todo otro sentido. San Ambrosio escribía en el siglo IV: ¿Por qué no escucháis a Cristo, habláis con Él y le visitáis? Cuando leemos la Escritura escuchamos a Cristo (San Ambrosio). Y san Jerónimo en aquel mismo siglo: Debemos acercarnos al Evangelio como a la carne de Jesucristo.

La frase clave del Evangelio de hoy es: Yo soy la puerta. Jesús la repite dos veces. Una puerta sirve para salir y para entrar. Por la puerta que es Jesús, primero salimos: las llama a cada una por su nombre y las saca fuera. Sin salir de uno mismo no es posible disfrutar de sus verdes praderas. Así lo dice san Juan de la Cruz: No te pongas en menos ni repares en migajas que se caen de la mesa de tu Padre ¡Sal fuera y gloríate en tu gloria! Escóndete en ella y goza.

Por la puerta que es Jesús, después de salir entramos. Entramos en el profundo conocimiento de toda realidad: la de Dios, la mía, la de todo ser humano, la de toda la creación. Entonces, desde el profundo conocimiento de toda realidad, brota la alabanza y el agradecimiento: ¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo!, quien nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales (Ef 1, 3).

 
 
 

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