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22/06/2023 Jueves 11 (Mt 6, 7-15)

  • 21 jun 2023
  • 2 Min. de lectura

Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles que se imaginan que por hablar mucho les harán caso.

La piedad popular, la judía de entonces y la cristiana de ahora, suele ser muy rezadora. El libro del Eclesiástico, escrito 180 años antes de Jesús, aconsejaba ser parcos en palabras cuando oramos: No repitas las palabras de tu oración (Eclo 7, 14).

Vosotros orad así: Padre nuestro que estás en el cielo.

Dice el Papa Francisco que no hay que emplear tantas palabras para rezar; el Señor sabe lo que queremos decirle. Lo importante es que la primera palabra de nuestra oración sea PADRE.

Oramos para mantener viva y cálida una relación. Será, a veces, relación de amistad, como entre amigos: a vosotros os he llamado amigos (Jn 15, 15). Será, a veces, relación de filiación, como entre padre e hijo. Es aquí donde la inspiración del Espíritu alcanza las cotas más altas en los libros del Antiguo Testamento. Unos ejemplos con los que recrearnos y regocijarnos:

- Fui para ellos como quien alza una criatura a las mejillas (Os 11, 4).

- Me mantengo en paz y silencio, como niño en el regazo materno (Salmo 130).

- Como aquel a quien su madre consuela, así yo os consolaré (Is 66, 13). ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido (Is 49, 15).

Padre nuestro. No oremos pensando en los beneficios que eso nos reporta; oremos pensando, sobre todo, en mantenernos inmersos en el Amor. Oremos para abandonarnos en brazos del Padre, como el bebé que se abandona en brazos de papá o mamá. Y para eso no necesitamos tantas palabras.

 
 
 

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