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22/07/2020 Santa María Magdalena (Jn 20, 1-2; 11-18)

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro.

Jesús ya ha resucitado. Lo ha hecho de noche, en silencio. Nadie se ha enterado. Tampoco los guardias del sepulcro. Así suele actuar Dios. María Magdalena, que ha pasado la noche en vela, se pone en camino hacia el sepulcro apenas apunta la aurora. Cuando se echa en falta la presencia del Señor no se puede quedar uno lamentándose; hay que moverse, hay que recurrir a otros. María Magdalena es buena compañera para los momentos en que parece que el mundo se nos hunde bajo los pies. Su inmenso dolor no la dejó paralizada, sino que continuó manteniéndose anhelante y en búsqueda, superando la tentación de instalarse en el dolor y la nostalgia (Papa Francisco).

¡María!

Muy buena escena para ser contemplada con mucha calma. Con tanta calma como sea preciso para llegar a escuchar nuestro propio nombre en lugar del de María. Jesús ha pronunciado su nombre, y esto ha sido suficiente para verse ella inundada de luz; y entender, como nunca lo había entendido, qué es ella para Él y qué es Él para ella.

Le dice Jesús: Deja de tocarme, que todavía no he subido al Padre. Pero vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.

Desde este momento vivirá centrada en su misión; vivirá orientada hacia sus hermanos. No perderá el tiempo consigo misma; tampoco continuará su vieja relación, demasiado posesiva, con el Señor de su vida. A María Magdalena, como a todo creyente, le toca aprender a vivir la nueva presencia de Jesús por su Espíritu.

© 2019 Carmelitas Descalzos de la Provincia de San Joaquín de Navarra

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