22/07/2026 Santa María Magdalena (Jn 20, 1-2; 11-18)
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El primer día de la semana, muy temprano, todavía a oscuras, va María Magdalena al sepulcro y observa que la piedra está retirada del sepulcro.
El año 2016, el Papa Francisco elevó la memoria de Santa María Magdalena al rango de fiesta, poniéndola al mismo nivel de los apóstoles, y otorgándole el título de apóstola de los apóstoles. El Evangelio de hoy dice que ella fue la primera testigo de la resurrección y la primera en ser enviada para proclamarla: Vete a mis hermanos y diles…
Como todo apóstol y todo discípulo, también Magdalena necesitó tiempo para asimilar la asombrosa noticia de la resurrección. Había pasado la noche esperando los primeros rayos del amanecer. ¡Tanto quería a Jesús! Pero su gran amor a Jesús no está acompañado de una gran fe. El cambio llega cuando Jesús pronuncia su nombre: María. Entonces se le enciende la fe; entonces comienza la relación de mayor madurez con Jesús: Suéltame… Hasta entonces sus ojos, nublados por las lágrimas, tienen dificultad para reconocer a quien tanto quiere. No puede continuar adherida al Jesús prepascual. Su presencia pospacual se realiza en el Espíritu. Sin esto, el discípulo no puede estar preparado para la misión. Cuando, como Magdalena, nos sabemos conocidos y queridos por Jesús, entonces es cuando mejor nos conocemos y mejor nos queremos, y más fácil resulta salir de nosotros mismos.
Vete a mis hermanos y diles.
El encuentro con el Resucitado tiene dos sellos de garantía. El primero, el sentido de misión; porque la experiencia transformante del Resucitado está destinada también a otros. El segundo, la importancia fundamental de las Escrituras en la nueva relación del discípulo con Jesús: Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras (Lc 24, 45).
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