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24/05/2026 Pentecostés (Jn 20, 19-23)

  • 23 may
  • 2 min de lectura

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos.

Por miedo. Es el gran enemigo de la vida en abundancia (Jn 10, 10) que Jesús quiere que disfrutemos. Uno puede tener miedo de sí mismo; de no estar a la altura de lo que de él se espera, y vivir bloqueado, acongojado. Uno puede tener miedo del otro, del diferente, del extranjero, y aislarse viviendo a la defensiva como en un bunker. Uno puede tener miedo de Dios, de un dios que no es el de Jesús, y vivir afligido por los escrúpulos.

Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: Paz a vosotros.

La paz. Su paz. La paz apaga miedos y enciende alegrías: Los discípulos se alegraron al ver al Señor. La paz se llama también libertad: la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rm 8, 21). La Verdad nos hace libres (Jn 8, 32). Él es nuestra paz (Ef 2, 14). La Verdad que es Jesús, con su Espíritu, nos da paz, alegría, libertad.

 

El relato de Pentecostés del Evangelio de Juan destaca por la sencillez: Sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. En el relato de los Hechos de los Apóstoles predomina la espectacularidad: Todos estaban estupefactos y perplejos y se decían unos a otros: ¿Qué significa esto? Los dos relatos son complementarios. El Espíritu de Jesús, de manera sencilla, produce en nosotros el espectacular resultado de la paz y de la libertad.

 

Es cierto que somos pobres vasijas de barro. Pero no estamos huecos, sino llenos del Espíritu. Dice san Pablo: Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que su fuerza superior procede de  Dios y no de nosotros (2 Cor 4, 7). Con el Espíritu, todo es posible para la pobre vasija de barro. Libres de miedos, abrimos puertas y ventanas, y afrontamos riesgos. Vivimos y actuamos con tanta discreción y con tanta audacia como vivía y actuaba María de Nazaret.

 
 
 

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