24/07/2026 Viernes 16 (Mt 13, 18-23)
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Vosotros escuchad, pues, la explicación de la parábola del sembrador.
Vosotros: los discípulos. Apartados de la multitud, le han preguntado: ¿Por qué les hablas contando en parábolas? Él ha respondido: Porque a vosotros se os concede conocer los secretos del reinado de Dios, pero a ellos no se les concede (vv. 10 y 11). Ahora les explica la parábola del sembrador. Necesitan y necesitamos comprender que lo del Reino de Dios no es un paseo triunfal. Necesitan y necesitamos asumir el aparente fracaso del Reino de Dios, tanto entonces como ahora. Que esto no disminuya nuestro fervor. Una Iglesia perseguida o marginada debe fortalecer el compromiso.
Entendamos que podemos ser todos los terrenos descritos en la parábola: podemos ser camino duro, podemos ser pedregal, podemos ser un campo lleno de abrojos. Pero podemos ser también tierra buena y fecunda. Para esto, como dice la carta de Santiago, sed ejecutores del mensaje y no solo oyentes que se hacen ilusiones. Pues si uno es oyente y no ejecutor, se parece a aquel que se miraba la cara en el espejo: se observó, se marchó y muy pronto se olvidó de cómo era (Sant. 1, 21-24).
Jesús nos invita a buscar en nosotros las similitudes con cada uno de los terrenos. En personas de mucha religión, como nosotros, suele ser frecuente el terreno lleno de abrojos. Los abrojos de la costumbre y de la rutina. Abrojos que acaban ahogando la semilla sin permitirle dar fruto. El herbicida de estos abrojos es la Palabra de Dios. Hagamos de ella el corazón de nuestra vida: La Palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza. Instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantando a Dios, de corazón y agradecidos, salmos, himnos y cánticos inspirados (Col 3, 16).
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